
Había una vez una ciudad llamada Duendilandia donde vivía un gato al que le gustaba cenar duendes. Ya habían pasado cinco días y no cogía ninguno, pero vio uno pasar y le empezaron a sonar las tripas de hambre. El duende lo vio y salió corriendo, pero el gato lo pilló y se lo comió y se atragantó de lo gordo que era. Su dueño tuvo que llevar al veterinario al señor Bigotes.
Agustín
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